martes, 3 de noviembre de 2020

MEMORIAS DE UN MÉDICO RURAL IV (escritas por Antonio Blanco)

 URGENCIAS: 

Por las noches, casi sin levantarme de la cama, distinguía si el aviso era urgente o muy urgente, Con solo valorar el tiempo transcurrido desde que se paraba el motor del vehículo hasta el momento y forma de pulsar el timbre

Aunque hayan pasado años desde entonces, y a pesar de la experiencia acumulada, aún hoy día, cuando suena el timbre o el teléfono y oigo que es un aviso urgente, paso por una especie de ansiedad, similar a la que soportan los toreros antes de ver la cara del bicho.

Ver con mis ojos el aspecto del paciente, analizar su tono de voz, y una pequeña descripción de los síntomas, me tranquilizan o me estresan aún más.

PABLO EL PASTOR Y LA VIBORA

Lo siguiente ocurrió el día 9 de julio de 1984. Un día luminoso pero fresco para el baño. Me encontraba con Seni en La Puente, rastreando por entre las ruinas del molino de tío Quico, cuando un joven desde lo alto del camino me gritó:

¡ D. Antonio, a Pablo el pastor,  le ha mordido una víbora en la pierna mientras saltaba un cercado  y está en su casa!.

No me imaginaba en qué estado lo encontraría. No tenía ninguna experiencia en estos venenos. Sabía que no había que succionar la herida, como en las películas del Oeste. Recordaba que había sueros antiofídicos de uso hospitalario y que lo del torniquete estaba en entredicho.  El camino hasta su humilde casa, en la parte alta del pueblo, cerca del corral de Beni se me hizo eterno, y eso que ese día había ido en coche. Os recuerdo que por entonces no existía el Dr. Google.

Cuando llegué a su casa, me encontré a Pablito sonriente, rodeado de mucha gente, había llegado él solo, en burro, y contaba una y otra vez como le mordió la víbora. La pierna estaba inflamada. Además, presentaba ligera fiebre y discreta disnea que yo achacaba a los esfuerzos parlantes del enfermo y al calor de la tarde.

Desconocía por inexperto, si trasladar a ese hombre al hospital o esperar y ver la evolución.  Tratamiento: pierna en alto, frio local y Urbasón. Pero, mientras aparentaba tranquilidad jugando la partida en el bar de Nicolás, temía que la pierna en alto, favoreciera la expansión del veneno, o que el exceso de frio local en un paciente con problemas circulatorios, empeorara la situación. Al menos le hice tres visitas en la tarde. El paciente creyó que lo hacía por cortesía, pero en realidad tanta visita, se debía a mi propia ignorancia en estos casos. En una visita le indicaba que continuara con el hielo y en la siguiente que lo dejara.

El hecho de que no empeorara durante la tarde, no me aseguraba que por la noche no continuara la mejoría y su traslado a Ávila se hiciera en peores condiciones.  Hasta que el bueno de Pablo tomó la decisión por mí y me dijo: Mire D. Antonio yo me encuentro bien y si me pongo peor le llamo por la noche.

Ya en mi casa, veía la pierna de todos los colores, dormí poco, y por la mañana madrugué más de lo habitual para ver a Pablo en su domicilio. La madre naturaleza (gran aliada de los que nos dedicamos a sanar) obró el milagro; aunque todavía con dolor, había mejorado y no hubo que llevarlo al hospital de Ávila.

 


 ZUBI


Angel Zubieta
, sufrió en la Semana Santa de 1985, una caída mientras pescaba. El resultado fue luxación de hombro. Me falló la teoría de que se podría reducir con solo colgar el brazo del respaldo de una silla. Agradezco que me perdonara los fuertes dolores que padeció, hasta que en Ávila consiguieron reducirlo bajo anestesia, por la fuerte contractura muscular que presentaba. En otra ocasión se clavó el anzuelo en un dedo. Como recuerdo suyo, siempre tengo unos alicates en el consultorio. Si continúa su afición a pescar, me imagino que se habrá hecho un seguro especial de pesca.

Siempre presumía de hijas guapas. Aunque, según me contó su esposa Vicen, su ojito derecho era su pequeño, al que durante un verano tuvo que ir a rescatar de un campamento en Hoyos del Espino, al segundo día del comienzo, por un cuadro de “mamitis”.

Si alguna vez os encontráis con Zubi, decirle que os cuente la historia de la “perra careta”. Merece la pena.


CENTRO DE GUARDIAS DE S. MARTÍN DEL PIMPOLLAR.

Eran guardias eternas. Desde las 4 de la tarde del viernes hasta las 9 de la mañana del lunes, en la dependencia del ayuntamiento habilitada. La instalación de un contestador automático nos permitía ir a comer a la Venta Rasquilla, o echar la partida de mus en el bar.

Aprovechaba las tardes de guardia para aprender a bailar sevillanas. Todavía hoy, cada vez que oigo ¡miralá cara a cara que es la primera! , recuerdo a Rebeca (hija de Fidel el alcalde) corrigiéndome los pasos y pases. Me facilitó la labor elaborándome una chuleta, que aún conservo. Nunca habréis visto bailar a un sevillano chuleta en mano, mirando más a la chuleta que a la cara de la chica. Lo cierto es que si tengo un compromiso social puedo salir todavía airoso gracias a mi chuleta y a la paciencia de Rebeca.

Bueno, dejo aquí la anécdota de un matrimonio de mediana edad, padres de dos hijos. Se presentaron en el centro a las cuatro de la madrugada. Preocupados porque esa misma noche, habían mantenido relaciones en su dormitorio con preservativo.

El hombre se había quedado dormido en la suerte y el preservativo había desaparecido. Hasta donde yo sabía no se desintegraban, así es que busca que te busca, por dentro y por fuera sin hallar resultado alguno.

 A los pocos días, mientras me invitaban a una cerveza en el bar de San Martín, me comentaron que su hijo pequeño lo encontró de forma casual, mientras jugaba en el tresillo, del salón, colocado detrás de un cojín.  ¿Cómo llegó hasta allí?.  Hicimos unas risas y me reconocieron que ya eran más cuidadosos a la hora de colocar objetos.

La segunda tuvo lugar el día 11 de noviembre de 1987. Eran las fiestas del patrón cuando a las 5 de la mañana llamaron al timbre del centro de guardias. Ya había sido advertido por Javier que hizo la guardia del día anterior, que un grupo de adolescentes, nos gastaban la broma de llamar al timbre para después perderse en la oscuridad de la noche.  

Pero esa noche sonó el timbre, abrí y vi ante mí a una pareja de pipiolos de unos 15 años. Consultaban ante el temor de la chica de que hubiera podido quedarse embarazada.

Esta angustia que para otros no es motivo de acudir a urgencias, para mi si lo es y justifica una urgencia nocturna. Bueno, después de una pequeña entrevista con ellos, logré tranquilizarles y hacerles ver que las posibilidades de embarazo eran remotas. Cuando ya abandonaban el centro, en medio de la confianza que les había dado, la chica se volvió sola y me preguntó que ella creía que su novio tenía el pene pequeño. Salí fuera del centro e invité de nuevo a entrar a su pareja, aunque solo fuera por satisfacer mi curiosidad. A veces también los médicos pecamos de curiosos. Y tras descubrirse el chico, descubrí que efectivamente, como en las esculturas griegas, su miembro viril era normal tirando a pequeño, sin llegar a ser micropene.   Al final no sé si les llegue a convencer, que lo importante no era el tamaño sino el buen funcionamiento del mismo. Al menos era lo que en su día y con anterioridad me había contado un mítico camarero de un céntrico hotel de Bejar apodado el “13 perras”. A los jóvenes les diré que una perra gorda era del tamaño similar al de un euro.

Mi ejercicio en Hoyocasero tuvo uno de los momentos más duros por mi vividos y por gran parte del pueblo: 

MUERTE DEL ALCALDE

Entre las urgencias mortales, nunca olvidaré la de Florentino de 43 años, nombrado alcalde el día 14 de enero de 1986.

El día 21 de enero de 1987, amaneció frio, lluvioso y desapacible. Había nevado dos días antes y aun no se había deshecho toda la nieve. Pasaba tranquilamente la consulta, cuando alguien me avisó desde el pasillo, que habían encontrado a Florentino tendido en su establo. En esos momentos se me heló el corazón y acudí corriendo hasta el establo, situado no lejos de la Fonda de Felisa. Lo encontré entre dos vacas, semiacostado contra la pared, envuelto en una profusa sudoración, entre una mezcla de orines, muñigas, barro y paja.  Vestía un mono azul y unas botas totalmente embarradas. Desconocía hasta entonces su faceta como pequeño ganadero.

Con esos síntomas: Sudoración profusa, seminconsciente, hipotenso, prácticamente en shock y, sin responder a preguntas. Únicamente emitía un leve quejido. Le di importancia a la desviación de la comisura bucal, que una pupila fuera mayor que la otra (anisocoria) y que sus ojos entornados miraban a la lesión como dicen los libros. El diagnostico lo supuse fácil, pero el pronóstico difícil de hacer y menos compartirlo con Vale (su madre).

Lleno de angustia e impotencia, hasta que llegó la ambulancia de Navarredondilla, casi una hora después. Logré tras varios pinchazos cogerle una vía y no pude hacer más.

Eran tan pocos los medios de los que disponía, que otra imagen imborrable que tengo es la de Pedro concejal por CDS con Florentino y otra persona, portaban la mesa de exploración del consultorio mientras bajaban por la vereda del Reventón.

 Diagnosticado en Ávila de hemorragia cerebral extensa, fue trasladado tras su estabilización a los pocos días al servicio de neurocirugía de Salamanca, donde, a pesar de ser intervenido quirúrgicamente, falleció el día 5 de febrero de 1987.

Durante la ceremonia del multitudinario funeral, celebrado al día siguiente en Hoyocasero, mientras D. Victorio se dirigía a los asistentes, mi mente recordaba que escasos meses antes, en uno de mis paseos, coincidí con el propio Florentino que salía del nuevo cementerio en construcción con el arquitecto Javier Perandones de Arenas de San Pedro. Él fue quien hizo el proyecto de las dos obras a las que la nueva corporación había dado prioridad. Mientras caminábamos hacia el pueblo nos recordaba que únicamente había ido al consultorio para que le extrajera un cuerpo extraño en un ojo.

Quién nos iba a decir a todos, que los restos de nuestro alcalde, serían de los primeros en ser inhumados en el nuevo camposanto.  Y digo de los primeros, porque durante la semana anterior hubo otros tres fallecimientos, debiéndose celebrar dos en un solo día. Realmente una semana trágica.

Alguien me dijo que los meses con “r”, son los peores en lo referente a un aumento de la frecuencia de eventos cardiovasculares. Yo mismo lo he podido corroborar a lo largo de mi carrera.

Otra desgracia ocurrió cuando el joven Jesús, “Vichina”, murió asfixiado como consecuencia de un desprendimiento de tierra, mientras trabajaba en un chalet en la subida al pueblo. Tuve que auxiliar en la autopsia al forense venido de Ávila. No fue nada agradable y menos teniendo en cuenta que se trataba de una persona joven.

Menos graves fue la triple fractura y luxación de codo izquierdo de Coloma, al caerse desde un tejado, el día 21 de octubre de 1984.


 

Terminaré con una urgencia más gratificante:           

A primeros de marzo de 1984, a las dos de la madrugada suena el teléfono. La voz de un hombre preocupado me dice: “Mire doctor, llamo desde Cepeda de la Mora porque mi mujer se ha puesto de parto, hemos valorado ir al hospital, pero con la nevada caída, Menga posiblemente esté con cadenas y quizás tuviéramos que regresar al pueblo.

 Os confieso, que en ese momento me quedé pálido, y le hubiera pagado al buen hombre para que intentara llegar al hospital. Me armé del valor que me quedaba, introduje en el coche los tres tomos de obstetricia y ginecología y mientras conducía, repasaba mentalmente las fases del parto. Cuando llegué en medio de una buena nevada, me encontré además del marido de la parturienta, con dos vecinas que entraban y salían de la casa llevando agua y esponjas. Sin duda sabían más que yo del asunto.

 Parecía que la niña estaba esperando mi llegada para nacer. Y así fue.

Tomé conciencia de la expresión “asistir al parto”, porque no hice prácticamente nada más que eso, como espectador de lujo. Corté el cordón umbilical y comprobé la integridad de la placenta. Di gracias a Dios por haberse tratado de un parto normal sin ninguna complicación.

Estoy convencido que detectaron mi inexperiencia, cuando una de estas mujeres en señal de agradecimiento, me colocó dos chorizos en el asiento posterior, justo al lado de los libros.

Cuando volvía a Hoyocasero recapacitaba que, aunque esta profesión tiene momentos duros, esa noche había tenido la gran fortuna de asistir al milagro de la vida y la llegada de un nuevo ser a este mundo.

Al girar a la altura de la venta del Obispo me crucé con el Jeep de la guardia civil. Les expliqué a Francisco y Nicolás de dónde venía y casi regañándome me dijeron que cuando la carretera estuviera en malas condiciones no dudara en llamarles para que me transportaran en su Jeep 4 x 4. Algo que agradecí.

Aquí dejo un deseo que me gustaría cumplir:  conocer a una “Niña nacida el 3 de marzo de1984 en Cepeda de la Mora”. No creo que haya muchas.

Continuará….

lunes, 26 de octubre de 2020

MEMORIAS DE UN MÉDICO RURAL III (escritas por Antonio Blanco)

Hay momentos en la vida que son especiales por sí solos. Compartirlos con las personas que aprecias, los convierte en momentos inolvidables. ¡Gracias por permitirnos compartirlos!.

 CAPITULO 3.

Patologías

La gran mayoría de mis pacientes eran de la tercera edad, con los achaques propios de la misma, procesos cardiovasculares, reumáticos, artrosis, infecciosos, tumores.

Algunos/as con más capas de ropa que una cebolla, tardaban más tiempo en desvestirse y volverse a vestir que en ser explorados. Durante el verano con la visita de los de Madrid y País Vasco la consulta era más variopinta.

Anécdotas:


Tía Mercedes y el Marketing comercial 

Tía Mercedes con su marido y sus cinco hijos

 En las calurosas tardes de verano la veía desde mi balcón afanarse en el cuidado de su pequeño huerto. Rolliza y sonriente, siempre iba vestida de negro y con sombrero de paja.

Una de esas tardes, estando acompañado de mi madre, alguien tocó el timbre de la casa. Fue mi madre la que abrió, porque yo me estaba desperezando de la siesta. Por el tono de voz comprendí que era tía Mercedes. En la conversación mantenida entre las dos, le oí a mi madre que decía: ¡no se tenía que haber molestado usted, después de todo es su obligación! . Intuí que hablaban de mí y cuando me incorporé a la conversación, observé que mi madre ya tenía en sus manos una caja de fresas.

Tía Mercedes seguía haciéndome piropos: ¡Que si a ella le había acertado de pleno en sus achaques! ¡Que si me merecía algo más...!, en fin, las consabidas frases de agradecimiento.

Dimos por finalizada la conversación y cuando ya se iba, bajó el escalón exterior, se giró de nuevo y nos dijo: ¡bueno, por ser ustedes se las dejo en 400 pesetas! Nos quedamos enmudecidos y sin saber que decir. Aún siendo caras, no nos quedó más remedio que aceptar la mercancía. Por cierto, de calidad suprema.

Curiosamente esta compra, la he recordado a lo largo de mi vida más que muchos regalos.

Tía Mercedes debería venir en el manual de las mejores técnicas de venta.  

 

 Felipe González, poco asiduo a mi consulta, cuando al auscultarle por detrás le dije: “Coja aire”, el buen hombre hacia el puño con ambas manos de forma repetida en su intención de coger aire.


Joaquín.
Él decía que iba con el siglo, pues había nacido en 1900. Trabajó en el carbón y le pagaban 6 pesetas diarias. Con 86 años, iba al monte la mayoría de los días. Su esposa Paulina, le proporcionaba unos cuidados celestiales. Su vecina Emilia, había enviudado hacía pocos años, pero a pesar de la tristeza por la muerte del que tanto tiempo fue su marido, tenía un espíritu positivo, reivindicativo y siempre estaba de buen humor. No se cortaba y si había que cantar se apuntaba la primera.

 Vídeo de tía Emilia, tío Joaquín y tía Esperanza


 

Tío Esteban y compañía

A Esteban de 82 años, era fácil verle siempre alrededor del pueblo en los parajes más recónditos y siempre solo. Era poco frecuentador de mi consulta. Cuando le hice la historia clínica recuerdo que le pregunté que si era alérgico a algo y me contestó: “Que sepa, no soy angélico a nada”.

 

Cuando oí cantar la segadora a tío Vitorio, pensé que estaba afectado de un gran dolor bucal, no era así y enseguida comprendí que era cierta su gran capacidad pulmonar, hasta el punto de, que como presumía, sus cantos se oían desde el Pinar. Para los que lean esto y no sean del pueblo, sepan la transcendencia histórica mundial que tuvo este Pinar. Según consta en el Archivo Histórico de Simancas, de él se obtuvieron los mástiles de las naves de Colón.

Tío Vitorio

 

En el siguiente enlace os ponemos una versión reducida de la segadora, la versión completa subtitulada por Antonio la vamos a guardar para una ocasión más folclórica.  

Aunque no supieran de términos médicos, reconozco que me daban papas con onda, en otros temas, por la experiencia adquirida con los años. 

Tío Martinillo


Tenían una salud de hierro como la tenía Martín el juez de paz o Venancio el carnicero. Los veía pasar una y otra vez por la puerta de la consulta, pero no recuerdo haberles visto en ella.



(A tío Venancio no le hacían falta anuncios para promocionar su negocio)



Bueno tendría para seguir durante un buen rato pues los recuerdos de uno me despiertan los de un compañero, esposa, hijo, etc.

Al disponer de bastante tiempo realizaba cirugía menor, quistes cutáneos, panadizos, curas de heridas. Y no solo en personas. Hay que entender que para gente que vive del ganado, el cuidado del mismo, es vital para su economía doméstica y por tanto para su salud. Aún recuerdo las curas que mi vecino Vale y yo realizábamos de forma conjunta a dos de sus vacas, con el asesoramiento en la distancia de Félix el veterinario.

Niños. Reconocimiento escolar


Todos los años realizaba el reconocimiento escolar. Revisión y aplicación de vacunas, que yo mismo les ponía. Lo realizaba por las tardes, fuera del horario de consulta. Ese día sus madres les ponían la ropa interior recién comprada. Los maestros se sentían incapaces de mantener más o menos en silencio a una chiquillería, que permanecía entre impaciente y temerosa su turno en la sala de espera.

Primero vacunaba a los que les correspondía por edad, para que permanecieran un tiempo prudencial en el centro por si hubiera reacciones vacunales

Pues bien, dentro de un reconocimiento básico: peso, talla, auscultación, desarrollo de los genitales, comprobaba la agudeza visual y la auditiva.

Recuerdo una anécdota curiosa: Ante la falta de medios para la exploración auditiva, idee una prueba que consistía en ponerme detrás del niño explorado. Tapaba el oído derecho y susurrando le preguntaba por el izquierdo ¿Cómo te llamas? A Dani (hijo menor de Antonio el pastelero), un niño perspicaz donde los hubiera, que era de los últimos de la lista, conociendo su listeza le cambié la pregunta: ¿Cuántos años tienes? Me respondió antes de terminar de hacérsela, y en dos ocasiones: Dani. Seguro que los nervios y la información de sus compañeros, reconocidos con anterioridad, le jugaron una mala pasada y en la actualidad oirá crecer la hierba.

En esos años, también tallaba a los quintos.

Para los nostálgicos, aquí podéis ver alguna imagen de cuando éramos más pequeños.... 


 Niños accidentados

Recuerdo a Margarita, hermana mayor del travieso Dani, quien el 15 de enero de 1985, como consecuencia de una caída al resbalarse con la nieve, le apliqué siete puntos de sutura en la frente. Las tuberías estaban congeladas ese día, lo que me complicó la tarea. Espero que no le dejara una cicatriz antiestética. En todo caso... ya ha transcurrido el plazo de reclamación.

Con seguir un protocolo muy básico de higiene, no recuerdo que ninguna de las heridas que curé se infectara. Supongo que el frío de la sierra ayudaría no solo en la cura de los jamones sino también las heridas.

Alguien tituló:” las bicicletas son para el verano”. Pues bien, para mi eran para aumentar el número de accidentados, como el niño José A. Fernández Gómez-Limón, quien afortunadamente no sufrió heridas importantes en el cuello, pero pudieron ser de gravedad al arrastrar con el cuello, mientras circulaba en bicicleta, dos cuerdas que indebidamente se habían colocado para señalizar el corte de la carretera. El hecho lo denuncié en la Jefatura Provincial de Tráfico. Os aseguro que tener que denunciar al propio Ayuntamiento, me trajo no pocos dolores de cabeza.

Sopla, sopla, sopla, sopla.

No recuerdo el nombre de un niño de Markina de unos 7 años. Se hizo una herida en una rodilla y a sus padres les expliqué que no merecía la pena ponerle anestesia por dos puntos. El crio con la camiseta del Athletic, observaba atentamente todos mis movimientos sin perderse un detalle. Desinfecté la herida y mientras me lavaba, distendidamente le reconocí que yo también era del Bilbao, le chapurreé dos cosas en vasco y le explicaba que Zubizarreta esas heridas se las hacía casi todos los días.

El niño asentía con la cabeza, me miraba fijamente, y no le saqué palabra alguna. Pero fue ver montar la aguja en el porta y salió como alma que huye del diablo del consultorio, corriendo a toda velocidad. De no haber tenido un padre deportista que lo atrapó, hubiera llegado al Pinar antes que los cánticos de tío Vitorio.

Tras una profusa sudada en la sujeción del niño, por parte de ambos padres y yo mismo, conseguí suturarle. Nunca más volví a montar una aguja en un porta a la vista de cualquier accidentado, independientemente de la edad que tenga.

¡Sopla sopla sopla sopla! mientras pasaba la aguja como medida analgésica me dio excelentes resultados. Todos sabían que sus ídolos tanto Butragueño como Zubi habían sido figuras por haber sabido soplar mientras les curaban sus heridas y ellos no iban a ser menos si querían llegar a ser famosos.

No penséis que todo lo hacía sin anestesia, pero suturar a un campeón como aquel tuvo su mérito. Cada vez que lo veía en la calle me señalaba la herida.

Bueno, cuando los más mayores se presentaban con hematomas en pómulos o frente siempre relataban que se habían producido al golpearse contra una puerta. ¡Hay que ver, lo bajas que se hacían después de una pelea!

El día 23/8/1984 cuando me encontraba echando la partida en el bar de Nicolás, un joven me toca el hombro por detrás y desencajado me dice: ¡Sr. Médico, acabo de ver a la nieta de Roga, que iba corriendo hacia el consultorio y con la mano ardiendo! Yo, que me imagininé una tea humana y salí escopetado. Tranquilicé como pude a la niña, la curé con tulgrasum, vendaje compresivo, nolotil y zumbando con el coche de un familiar para el hospital. Estuvo varios días ingresada. El aguarrás tuvo la culpa.

BODA DE GUSTAVO

Gustavo y Eva. Los novios

Gustavo, el guarda forestal, fue mi compañero de fiestas y festejos, hasta que Eva su novia decidió apretarle las tuercas. Pues bien, ese día 25 de julio de 1985, viví La urgencia infantil más grave.

Era un día caluroso, en la ermita de San Pedro de Alcántara (Arenas de San Pedro). Esperaba fuera del templo a la sombra, la finalización de la ceremonia. Estaba hecho un pincel con mis pantalones y camisa recién planchados. Deseoso de conocer a las seis amigas catalanas de Eva.

Pues bien, a punto de terminar el acto y cuando ya tenía el arroz en mis manos, oí desde el interior en voz alta:

¡Un médico por favor! Lo primero que pensé fue que algún familiar mayor, hubiera sufrido un desvanecimiento mezcla de la emoción y la alta temperatura reinante en el interior.

Cuando de forma apresurada iba a entrar en el templo, vi como una madre sacaba en brazos y con una profusa hemorragia a un niño de 6-7 años.

Presentaba una herida profunda en el hueco poplíteo derecho (corva de la rodilla)). Al parecer una escultura (el crio decía un santo) se le había caído encima. Le apliqué un torniquete y subimos al vehículo conducido por la madre, acompañado de Nemesio, enfermero a quien acababa de conocer. Lo intenté retirar a los pocos minutos, pero como la hemorragia no cedía, me tocó hacer el resto del viaje presionando con el puño. Su madre conducía a golpe de claxon y pañuelo al aire y dio muestras de ser una experimentada conductora. Nemesio y yo nos alternábamos en la presión hasta la llegada al hospital Virgen del Prado de Talavera. De la experiencia anterior obtuve dos conclusiones:

1. Hay que sujetar a los niños durante las celebraciones porque las pueden preparar pardas. No fue el último.

2. Aun reconociendo que la mujer, lo hizo con gran diligencia y valentía, sirva este ejemplo para recordar que, a ser posible, nunca un familiar directo debe conducir el vehículo en esas circunstancias.

 El niño pasó inmediatamente al quirófano y nosotros volvimos de nuevo al restaurante en Arenas de S. Pedro. Llegamos a los postres con nuestras ropas ensangrentadas, en medio de los aplausos de los presentes, cual si fuésemos toreros merecedores de una salida a hombros por la faena realizada.

Siguiendo con los niños de Hoyocasero, estaréis conmigo que eran niños saludables, robustos, y llenos de vitalidad. Algunos con los coloretes de Heidi en sus mejillas y sobre todo felices. Tenían a su disposición un entorno saludable, en contacto con una naturaleza plena para ellos y en la que demostraban sus habilidades y destrezas de adaptación al medio, ante los más refinados niños de ciudad.

En el verano de 1984, hubo varios casos de fiebre tifoidea. El brote comenzó con dos hermanas de Madrid y también hubo niños del pueblo afectados. Como Jefe Local de Sanidad, tuve que clausurar “La Fuente de Abajo” y clorar en persona, mediante garrafón, el depósito superior del pueblo. El goteo del cloro sobre el pantalón y zapatos hizo que se decoloraran, pero tras su cambio de color total, parecían nuevos.

Deportes infantiles

Acostumbraba a acompañarlos de forma voluntaria en el bus, como un incondicional más a competir en los juegos escolares. En alguna ocasión, como en Navarrevisca, la fuerte ventisca hizo, que después de tantas curvas, nos volviéramos sin competir. Las niñas a voleibol y los niños a futbol. Presumíamos de ser los mejores. Al menos en competitividad lo eran, y si no, que le pregunten a Mercedes que se jugó una pierna en un encontronazo con una niña de Navalosa.

Charlas en la escuela


Siempre al inicio del curso era preceptiva la charla sobre “visitantes” (piojos), Entre las que recuerde: práctica de resucitación cardiopulmonar básica, de alimentación y otra sobre enfermedades de transmisión sexual, en la que las cómplices miradas y sonrisas se mezclaba con un cierto rubor entre los mayores.

En mayo de 1987, Lourdes (la nueva maestra del ciclo superior), aprovechando el programa escuelas viajeras, acompañó a los mayores a una estancia de una semana en Los Yébenes. La experiencia les sirvió para romper la rutina diaria del pueblo y conocer otros niños.

Excelente profesora, generosa y gran persona. Aficionada a la pintura, hizo que me enganchara a las canciones de Sabina y Simply Red. Elaboraba unas excelentes tartas de chocolate y nunca fui capaz de ganar a su hija Rebeca en el juego de una nueva máquina que apareció por entonces, creo que se llamaba Gameboy.

Y también hay vídeo de los niños de la clase de D. Emilio, en aquel momento estaban llamados a ser las futuras estrellas del celuloide futbolístico...



  Continuará….

 

martes, 6 de octubre de 2020

Memorias de un médico Rural 2ª parte

 Dicen que los recuerdos son una forma de aferrarte a las cosas que amas, las cosas que eres, las cosas que no quieres perder...., ¡Gracias Antonio!, por ayudarnos a mantener vivos nuestros recuerdos y recordar momentos únicos de nuestras vidas. No sabemos si las imágenes que grabaste de nuestra localidad te proporcionaran la fama..., ¡nuestro voto lo tienes!.

Jornada laboral

Mi jornada laboral era de 24 horas al día, debiendo  estar localizado en todo momento. En la parte posterior de la puerta de mi casa tenía una colección de carteles que colocaba según se terciase: “estoy bañándome en la Puente”. “estoy en el consultorio de Navalosa”, “estoy en el Pinar”. “Vengo en 10 minutos”. Mi perrita venía a ser para los vecinos de entonces el equivalente a un GPS actual, pues les servía para localizarme a cualquier hora del día o de la noche. Cuando los vecinos la veían deducían el lugar exacto en el que me encontraba: la farmacia, el bar de Nicolás, la fonda, etc.  en el bar de Primo,  aprendió a abrir la puerta, y rápidamente se colocaba debajo de la mesa de billar y por tanto dejaba de estar visible desde fuera. Aunque me cansara de sacarla del bar, ella era  constante y repetía la acción hasta que acababa la partida y  también con mi paciencia.

Las guardias de fin de semana  las realizábamos desde nuestros domicilios,  de viernes a lunes, turnándome con los médicos de los pueblos cercanos. Eran guardias no remuneradas, sin ATS  y con la obligación de poner nuestro vehículo al servicio de la Administración.  Cuando las condiciones climatológicas eran adversas,  las autoridades sanitarias provinciales nos comunicaban telefónicamente el mismo viernes que quedaban suspendidas y estábamos obligados a permanecer cada uno en nuestro pueblo durante todo el fin de semana.

 A partir de Agosto de 1985 fueron centralizadas en S. Martin del Pimpollar.

De cualquier forma,  al seguir viviendo en el pueblo las urgencias  las seguía atendiendo desde mi domicilio, tanto de día como de noche.

 La consulta diaria comenzaba a las  11 de la mañana. Después hacía los avisos a domicilio.

Hay un dicho popular que en Hoyocasero se utilizaba mucho, "a quien madruga..., Dios le ayuda", en el siguiente enlace lo podemos comprobar... "La primera consulta"

TIO QUICO

   Al visitar muchas casas me convertí en un gran especialista en sistemas de calefacción. De todos, mi  preferido y más entretenido era la chimenea. Acostumbraba a tomarme un choricito frito o un buen plato de jamón a media mañana en casa de Tio Quico, mi vecino, quien aprovechaba para contarme sus vivencias mientras vivió en el molino de la Puente: Mientras asesoraba al que le ponía las truchas a Franco, daba de comer a los maquis por la noche.

Siempre lo encontraba  con su boina,  traje de pana negro y su reloj de cadena, sentado a la chimenea, mientras fumaba un pitillo y atizaba la chimenea. El día  23 de marzo de 1984, llamó a mi puerta porque llevaba toda la noche con un fuerte dolor en un ojo. Ese día suspendí la consulta, lo monté en mi coche y lo llevé hasta el hospital. No había querido molestarme durante la noche y la uveítis hizo que perdiera el ojo. Fue uno de los primeros casos que me demostraron la dureza de los hombres de la sierra.

Tío "Quico"

Quico siempre comparaba el  avance del fuego en la chimenea con las etapas de la vida. Un   inicio chispeante y vigoroso y, al final, cenizas…

Su hijo  Valentín, me prestaba sus herramientas, corregía mi postura y  entre carámbanos y nieve intentó hacerme un  buen leñador, pero se quedó en un mero intento. A los vecinos empadronados, el Ayuntamiento nos proporcionaba por sorteo, todos los años, un lote de leña de roble que era suficiente para pasar el año. Cuando los fines de semana volvía  a Salamanca, casi antes de entrar en casa, mi familia detectaba  mi presencia inmediatamente por el intenso olor a humo que desprendían mis ropas.

 Rutina diaria

De mañana acostumbraba  a tomar el desayuno contemplando la espectacular vista de la parte norte de la sierra de Gredos a través de  de mi balcón. Me fascinaban sobre todo los mantos blancos tras nevadas intensas y los tonos ocres del otoño.

En invierno, antes de desayunar ponía a tono el salón encendiendo la chimenea.  Mantenerla encendida durante el día era cómodo. Tener  la consulta en el mismo edificio, me permitía hacer recesos entre un paciente y otro  para atizarla, a la vez que  picoteaba algo. En alguna ocasión el frio era tan extremo que pasé consulta con el pijama debajo de la ropa, dejándome además una barba protectora.  Polillo,  el fontanero me aconsejó que cuando predijeran  heladas como las producidas en enero de 1985,  dejara correr un chorrito fino en el lavabo durante todo el fin de semana. Ante mi sorpresa al regresar el lunes se había formado un chupitel y las tuberías se habían congelado.

Tuberías heladas

Terminada la consulta y los avisos, la siguiente tarea era preparar la comida. No era uno de mis puntos fuertes aunque me defendía en la cocina, sobre todo me esmeraba cuando tenía invitados.

Como digo,  no   fui  un fanático de la cocina y por semanas enteras durante el invierno iba a comer a la Fonda de Felisa y Pedro. ¡Que ricas estaban las patatas meneás, con su torreznito!. Sus hijas  Ana, Tere y Pili ayudaban en el comedor. No solo ellas sino que la gran mayoría de los niños/as  del pueblo, ayudaban  a sus padres en las labores y tareas domésticas. Seguro que desde entonces valoran el esfuerzo que debieron hacer tanto ellos como sus padres para labrarse un futuro mejor.

Allí se hospedaban  el Sr. Joaquín, jubilado (antiguo boxeador y perteneciente a la Falange) . Carlos (Caja Rural)  Gustavo (guarda forestal), y Emilio (maestro con la oposición recién aprobada). Solamente Nicolás (guardia civil soltero) y yo,  íbamos a comer.  A los postres, El Sr, Joaquín como buen patriota ponía a escurrir la política de Felipe González.

La Sra. Ana, madre de Felisa, trabajaba en la cocina, no aparentaba su edad y siempre la recordaré al igual que a su hija, sonriente y de buen humor. En las  tardes primaverales, era fácil verla sentada en el poyo de la puerta de la Fonda haciendo ganchillo (cadeneta).  Movía los dedos y las agujas  a velocidad de vértigo. Aprendí la teoría:   5 o  6 puntos y echar el punto bajo o enano. Me quedé solo con la teoría y eso que lo intenté…

 Por las tardes,  partida de tute en el bar de Nicolás o en el de Primo con D. Marti, Salva (maestro, antenista y mecánico), Emilio  y Gustavo. En ocasiones se sumaba Fernando (secretario del Ayuntamiento) , o  Carlos (Caja Rural)  . En primavera las partidas de calva en el campo de futbol. Nemesio era el gran campeón y todos queríamos pertenecer a su equipo.

Alguna tarde, si la temperatura era benigna, acompañado de  D. Marti  paseábamos por el famoso Pinar, con especies vegetales únicas en el mundo y que un ingeniero agrónomo nos enseñó en cierta ocasión. Perdonadme que no recuerde el nombre de las mismas, pero para eso está Google.

Otros recorridos eran, la propia carretera, con sorpresa de víbora en la cuneta añadida, o bien el camino a la Puente, hasta llegados al nuevo cementerio.

Noches de invierno

Al atardecer, las casas humeantes y la bajada de temperaturas invitaban a retirarnos a nuestros hogares a cenar los níscalos y setas  del pinar, patatitas y chorizo asado en la chimenea. Estas cenas fueron las culpables de que mis camisas encogieran y no el detergente, al que yo hacía responsable.

María Pedreira y su calceta
Telefoneaba por la noche dos veces por semana a mi familia. Mi teléfono era el 37 y en algunas ocasiones, cuando María Jesús la telefonista, me recordaba después de una hora  mi conferencia  había olvidado que les debía contar. En alguna ocasión, me pareció  detectar un click sospechoso de que mi conversación podría ser oída por un extraño/a, pero siempre fue una sospecha infundada.

Para dormir, además de mi camiseta de felpa y calzoncillos pulgueros, me colocaba los calcetines que la Sra. María Pedreira me regaló y que aun tantos años después tengo guardados en su honor.

Por mucho que con anterioridad a irme a dormir pusiera mi estufa eléctrica, siempre encontraba las  sábanas  húmedas. Otra idea  fue la bolsa de  agua caliente a mis pies, pero un día  sufrí una “rotura de aguas” entre mis piernas que me produjo un buen escaldamiento, aun así no perdí la costumbre.  

Vida social en invierno

 Habían transcurrido siete meses desde que llegué, cuando por primea vez acudí al bar de Nicolás, acompañado de Gustavo y D. Marti, ante las sorprendidas miradas de los allí presentes. Obdulio nos invitó a tomar algo.

 Hasta la fecha me había relacionado únicamente con mis vecinos, los funcionarios del pueblo y con mis compañeros médicos.  Con los años  y a medida que cogí confianza y nuevas amistades me fui soltando.

 Levantarme a  las 10 horas,  me permitía hacer una vida social con los jóvenes del pueblo. Asistía por las noches a los ensayos ensordecedores del nuevo  grupo Ticket en el local de la cooperativa. Fidel, Alfonso,  Carlos y Jose Miguel emulaban a los grupos de la época: Mecano Hombres G, Golpes Bajos, etc. La batería siempre fue mi anhelo y aun no es tarde.

Recuerdo los campeonatos  de ping-pong en el bar de Pepe, todos los jueves.  El que mejor recuerdo es en el que llegué a una disputadísima   final frente a Pepe (propietario del bar) .   El campeonato  de futbolín en la discoteca de Santiago atraía a todos los jóvenes. Mi par era  Gustavo,  y nos defendíamos como podíamos. Aunque reconozco que éramos una perita en dulce para los rivales.   Las chicas del pueblo aprovechaban estos eventos para tirar la caña a los mozos solteros. Seguro que de alguno de esos torneos surgió algún matrimonio.

Y aquí podéis ver esas partidas de ping-pong en el Bar de "Tío Roga" Campeonatos de Ping-pong

Continuará…..

 

Pinar de Hoyocasero
Casas humeantes
                                          

"Seni" junto a la chimenea



miércoles, 23 de septiembre de 2020

MEMORIAS DE UN MÉDICO RURAL

 Después de una ausencia prolongada, retomamos la actividad en nuestro Blog. Cuando empezamos a escribir, nuestra idea principal era poner de manifiesto las actividades del Grupo de Danzas, pero a medida que fuimos escribiendo descubrimos que nuestros vecinos tienen mucho que contar. Como somos conscientes de que no hay nada mejor que conocer de donde venimos para valorar lo que tenemos, siempre procuramos contar las historias y reflejar los maravillosos recuerdos de nuestros vecinos.

Gabriel García Márquez dijo: "La vida no es lo que uno vive, sino lo que recuerdas y cómo lo recuerdas para contarla".

Y con esa frase tan emblemática del premio nobel de literatura, arranca una serie de entradas donde muchos reactivaremos  nuestros recuerdos, porque a pesar de su humildad como literato, sus relatos son testimonios de vida para muchos de nosotros, además de sus palabras tenemos sus imágenes que también ha compartido con todos nosotros.

Además como de bien nacido es ser agradecido, tenemos que dar las gracias a Raquel y D. Marti, porque gracias a ellos hemos contactado con nuestro relator.

Si pulsáis el enlace que os dejamos, seguro que a muchos se les refrescará la memoria al ver a la compañera inseparable del "médico". Seni la compañera inseparable

EXPERIENCIAS DE UN MÉDICO RURAL.

 MI LLEGADA A HOYOCASERO. 4 DE ENERO DE 1984.

Ante todo deseo pedir disculpas y sepa perdonarme el lector más exigente. Cuando uno se pone a escribir, se da cuenta de porqué existen tantos lectores y tan pocos escritores.   Cada uno está preparado para lo que ha estudiado y reconozco que a mi Dios no me llamó por el terreno de la literatura.  Hecha esta salvedad,  espero transmitir de todo corazón mi experiencia como médico  en Hoyocasero,  desde el día 4 de enero de 1984 hasta el 10 de octubre de 1988.

Nací, crecí y estudié medicina  en Salamanca. Ciudad en la que resido y trabajo  en la actualidad. Felizmente casado con una tordesillana y con dos hijos que también han optado por la rama sanitaria, aunque aún son estudiantes.

Con 27 años recién cumplidos, y tras aprobar la oposición al cuerpo de Médicos Titulares, elegí vuestro pueblo como destino para iniciar mi carrera profesional. Ilusionado y temeroso  ante lo desconocido. Hasta entonces había ejercido como  médico de urgencias, ayudante de traumatología y sustituciones en diversos pueblos de Salamanca. Además como todos los compañeros rurales de la época, asumí las funciones de ATS y en ocasiones las de forense, obstetra, matrono y hasta veterinario entre otras.

 En una época sin internet, solo tenía conocimiento de Hoyocasero por el mapa y confieso que casi elijo Navalosa porque me parecía un nombre más bonito.

 Tenía que causar buena impresión a unos habitantes desconocidos para mí y que pondrían a prueba mi pericia profesional en los primeros días.

 El 4 de Enero de 1984, a bordo de mi flamante R5 blanco, a primera hora de la tarde acompañado de mi jubilado y ya  ex ferroviario  padre, pusimos rumbo desde Salamanca a Hoyocasero.  Cargados hasta los topes por dentro y por fuera cual si fuésemos marroquíes cruzando el estrecho.  Llegamos  por fin a un  pueblo cuya carretera se me hacía interminable a través de sus curvas.

Tío Goyo

Caía la tarde del gélido día, cuando a la altura de la fuente “el chorrillo”, dimos  con el primer vecino del pueblo. Era   tio Goyo, como caracol  andante con la casa a cuestas. La cantidad de leña que portaba sobre su espalda era muy similar a la que transportaba el burrito que le seguía. 

Paré el coche. ¡Buenas tardes!, soy el nuevo médico, ¿Sabría decirme donde está el consultorio local? .La pregunta le sirvió de excusa para descargar la pesada carga sobre el asfalto  y explicarme  donde quedaba el mismo. Aprovechó para explicarme toda su patología, algo que saltaba a la vista, pues su deformidad era la evidencia de su rudo quehacer diario. Le pregunté si en el pueblo se sabía algo del nuevo médico que en breve llegaría y me reconoció que salvo que era joven y de Salamanca, nada más. El inicio de una fina y  heladora lluvia limitó el encuentro. Lo recuerdo porque fue algo que  tío Goyo  me recordaba a menudo como mérito.

Meses después su mujer falleció de forma espontánea mientras dormía. Tio Goyo tocó con fuerza el timbre de mi casa y casi no podía hablar ante la incredulidad de la que creía muerte de su esposa. Os prometo que el llanto desconsolado del viudo, desde mi consultorio hasta su humilde hogar en una fría noche a las 3 de la mañana, nunca lo olvidaré. Entre Felisa, la propietaria de la Fonda y yo amortajamos a la difunta. Después en mi cama reflexioné sobre la soledad de las personas mayores en el medio rural y más en una situación como la que acababa de vivir. Me preguntaba qué pasaría por la cabeza de  Goyo, él solo ante el cadáver de su mujer hasta que llegara la funeraria. En definitiva la muerte en soledad.

Iltrudes

 Las segundas personas con quienes contactamos fueron el matrimonio  formado por Iltrudes  y  Angel “el Sastre”. Un matrimonio jubilado, sin hijos, que había  regresado de Venezuela a disfrutar de la paz del pueblo. Su domicilio era el más próximo al mío.  La tarde no invitaba a estar a la intemperie. Nos dieron protección  del aguanieve que cada vez caía con más intensidad. Según Ángel, señalando las montañas, cuando el viento  soplaba del norte, al día siguiente nevaba. Y efectivamente no se equivocó. 

 “Faíco” el alguacil  había sido informado de nuestra presencia y acudió presuroso a entregarnos las llaves de mi nueva vivienda y consultorio.  Era  un  hombre enjuto,  a quien como cualquier alguacil, el Ayuntamiento empleaba  para todo y conocía el pueblo y sus gentes mejor que el propio alcalde.

Nos mostró la nueva casa. Enseguida me percaté que había sido diseñada para un médico con tres o cuatro hijos y no un soltero como era  yo. Desde el principio hice la vida en la planta baja y únicamente subía a la primera para bañarme. Había que ser un valiente en aquella casa tan fría, para bañarse en invierno. No era mi diseño preferido, pero la gratuidad de la misma y la facilidad para acceder al consultorio hicieron todo lo demás para  aceptarla sin poner ninguna objeción.

Mientras despedía a Faíco, apareció en la puerta del consultorio Ignacia con la mano ensangrentada. Se le fue el cuchillo mientras partía jamón. En la frialdad del consultorio no quedó más remedio: Sutura y cura local. A los pocos días la cité para revisión de la herida y se  presentó con una bolsa llena de patatas de su propia cosecha.

Comentada la anécdota de la urgencia, sin apenas haber aterrizado, con mis compañeros de zona, todos coincidieron en que pronto comprobaría que erais humildes pero agradecidos y con ganas de compartir lo vuestro. Siempre di fe  de vuestra generosidad.

Antonio y Seni en el verano de 1984
Ángel se percató desde su ventana de lo atareados que estábamos padre e hijo en el desembalaje de los enseres y nos invitó  a cenar.  Aceptamos de buen grado y casi por necesidad la invitación.

Durante la cena además de sus vidas, nos contaron su visión del pueblo. Desde ese día los consideré  pacientes, vecinos, consejeros  y amigos.  

Más que la cena,  siempre recordaré con agrado el efecto humanitario que posee una buena estufa de leña, sobre unos  inexpertos en el clima de Gredos como éramos mi padre y yo.

 No engaño a nadie si digo que pasamos bastante frio esa primera noche, a pesar de las excelentes mantas portuguesas que llevé.



 Continuará….

 


martes, 7 de agosto de 2018

RECONOCIMIENTO MERECIDO




Esta entrada, se la dedicamos a los más colaboradores de nuestra localidad. No hay palabras suficientes para decir lo grandes que son.

solo esperamos que el sábado disfrutaran de su día.

¡GRACIAS al Club Calvista "Los Talleres" de Hoyocasero".





Buenas tardes, bienvenidos a todos y gracias por acompañarnos.

En primer lugar y para darles una pista, permitanmé citar a Margaret Carty, la cual dijo “Lo más hermoso del trabajo en equipo es que siempre tienes a otros de tu lado”.

Con esta introducción, pueden intuir que les vamos a hablar de un grupo de personas, mejor dicho, un Equipo de personas cuya disposición les hace hoy ser merecedores de esta mención especial, les hablamos de personas solidarias, colaboradoras, dispuestas, trabajadoras…., podríamos estar diciendo adjetivos calificativos horas, pues sin ellos seguramente nuestras fiestas no serían las mismas, ni cualquier evento que haya en el pueblo, ni los bailes de la plaza tampoco, porque sin lugar a dudas son el grupo más bailongo del lugar.




25 años cumple la Asociación de Calvistas de Hoyocasero, y es por lo que hoy queremos mostrar públicamente el agradecimiento a su disponibilidad. Una iniciativa del Excmo. Ayuntamiento de Hoyocasero a la que nuestra Asociación se ha querido sumar, porque como bien dice nuestro refranero: “de bien nacidos es ser agradecidos”.

¿Qué les parece, que expliquemos un poco, para aquellos incultos en la materia en que consiste este juego?

En primer lugar, decirles que la calva, es un juego tradicional de lanzamiento de precisión, consiente en el lanzamiento de una pieza de hierro o piedra, denominada morrillo, e intentar dar en la parte superior de un madero sin tocar la tierra.

Es importante saber que el origen de esta práctica se remonta a los tiempos de los Íberos y Celtas en España, es decir, desde el siglo VI antes de Cristo, la historia nos dice que este deporte pudiera haberse comenzado a practicar en las tierras de las actuales provincias de Ávila, Salamanca y en parte de Zamora.


Todo apunta a que la Calva surgió como una forma de diversión entre los pastores, quienes lanzaban un canto rodado o con un cuerno de vaca, pero el juego fue evolucionando y el canto rodado fue sustituido por un cilindro de acero llamado “marro” y el cuerno de la vaca fue sustituido por una pieza de madera, que pasó a denominarse “calva”.


¿saben ustedes de donde le viene el nombre?


Antiguamente el calvero era un espacio de terreno, libre de hierbas, maleza, piedras o desniveles, facilitando así el lanzamiento del marro.


El campo de juego es un rectángulo de tierra, de una longitud aproximada de 20 a 25 metros por 5 de ancho.


En la actualidad el marro es una pieza metálica cilíndrica u ovalada, su peso oscila entre los 2 y los 3 kilogramos de peso y suele medir 25 centímetros. Los más mañosos personalizan su marro, con dibujos y grabando su nombre.

Para el desarrollo del juego, suele ser habitual formar equipos de calveros formados por 2, 3 ó 4 calveros que se turnan para lanzar, la buena puntería que demuestren al golpear la calva con el marro les hará anotar los puntos.



La partida de calva tiene varios juegos, gana el primer equipo que logre 9 calvas en las 25 tiradas que tiene cada juego.


Ahora que hemos conseguido un poco de cultura popular, queremos centrarnos en “nuestros calveros”, pero nadie de Hoyocasero puede separar a los deportistas de sus “mujeres”, porque ellas son una parte esencial en el grupo, y son el engranaje perfecto para que el Equipo sea perfecto.




Vamos a disfrutar de estos 25 años todos juntos.

Seguramente recuerden los campos de calva que había en el pueblo, cada taberna tenía su cancha propia, ¡ellos si que sabían!, mezclaban el alterne con el deporte…., En el Pilón de las Palomas estaba el campo de la Taberna de tío Galdobas, Tío Enrique tenía su campo a la puerta de su bar, Tío Roga lo tenía por debajo del horno de tía Felisa, Tío Pavesa a la puerta de la antigua pastelería, El Viti en el altozano de tío Cazuela y tía Ana en el camino de los Talleres. Por desconocimiento habíamos omitido dos campos de Calva que pertenecían a la taberna de tío Nemesio, uno estaba situado desde la puerta de la casa de tío Basiliso hasta la casilla de tío Torero y el otro situado debajo de la calzada de la casa de tío Miguelillo. 

Queremos agradecer a Jesús, hijo de tío Nemesio, que nos haya aclarado esta omisión, ya que así se completa la información que vertemos en este blog. Pretendemos que esta ventana esté abierta a todos los hoyocaseranos que quieran mantener viva la historia de nuestra localidad.

Corría el año 1993, hace ya 25 años, Pedro, Saturnino, Nemesio, Marcelino, Santiago Coloma y Paco daban los primeros pasos para conformar la asociación y agradeceríamos a Elena y Satus junto a Nemesio, Marcelino y Paco, que sean los primeros en subir a recoger este pequeño detalle que esperamos guarden con cariño.





Muchos “campeones” se integraron en la asociación, a ellos les hemos visto jugar y trasmitir a sus hijos las bondades de este juego, quien también en su día abanderaron este proyecto, es el turno de Santiago Coloma de Ángel Martín (Farrancha) y Miguel (Claudio.


Y por último vamos a ir nombrando a los integrantes actuales a quienes rogamos vayan subiendo hasta el escenario:


- Pero creo que todos tenemos claro que el “Éxito de un hombre tiene mucho que ver con el tipo de mujer que elige tener a su lado”, y en este caso las mujeres tienen tanta importancia como los hombres en esta asociación, así que también os rogamos a vosotras que subáis.

Por último el Alcalde de Hoyocasero le hace entrega de una placa conmemorativa al Presidente de la Asociación, Jesús Díaz, en agradecimiento a su colaboración.