Hasta
la primera mitad del siglo pasado, la actividad de los artesanos estaba
regulada por los gremios que, bajo la advocación de un Santo Patrón,
agrupaban a todos los que desempeñaban un mismo oficio. Los primeros
aparecen en el Siglo XIII y tuvieron una importante actividad hasta la
desaparición de este tipo de asociación.Los
gremios tenían una doble función, por un lado regulaban el acceso y el
ejercicio de la profesión de forma que para desempeñar un oficio
artesanal, los candidatos debían superar las diferentes etapas de
aprendizaje establecidas y así obtener el título de maestro tras superar
un riguroso examen. Esto les permitía inscribirse en el "Registro"
correspondiente e instalarse en un local, donde fabricar y vender sus
productos.
Antiguamente
el comercio de ropa confeccionada era inexistente, y sólo llegaban a
Hoyocasero las telas, a las cuales daba forma los sastres y sastras o
las modistas que confeccionaban las vestimentas de cada individuo. De
ahí la importancia de este oficio.

Pero
a falta de más datos históricos, hemos compartido velada con Martín
Martín González, conocido como "el Sastre" y que aún a día de hoy sigue
realizando algún trabajillo que otro, sin llegar a jubilarse nunca de su
profesión.
Martín
Martín González, nacía en Hoyocasero el 25 de agosto de 1931, a sus 83
años tiene una vitalidad tremenda al igual que una cabeza privilegiada y
que con toda seguridad nos va a ayudar en no pocas ocasiones en nuestro
blog.
Además
de Sastre, tío Martín ejerció de cartero durante muchos años en el
pueblo.El oficio de sastre, lo aprendió de Jesús López Bravo, que era
sastre en Navarredonda, allá a principios de los años 50.

Los
datos que nos aporta tío Martín, son importantes para entender la
situación que jugaba Hoyocasero en la comarca, puesto según el recuerda,
en los años 50 en Hoyocasero realizaban trabajo de sastre además de él,
Alberto el del café, tía Ignacia, tía Audona, tía Bienvenida, tía
Carmen la de tío Fidel y tío Ángel (marido de tía Hiltrudes). Cada uno
tenía su ruta establecida por los de pueblos colindantes, de tal manera
que ninguno se hacía la competencia.
Tía
Ignacia y Alberto hacía Navarrevisca y Serranillos, hasta que el
segundo se fue a San Martín de Valdeiglesias, mientras que tío Martín
llevaba Navalosa, Navalacruz, Navaquesera, Navatalgordo, San Martín del
Pimpollar, Navalsauz, Hoyouelos y Navadijos. Como él mismo recuerda con
nostalgia "Hoyocasero era un centro de sastres". Los puntos donde
estaban los sastres eran Navarredonda, Hoyocasero y Burgohondo.
Todas
las rutas que hacían eran andando, en algunas ocasiones ayudados por un
burro y con suerte cuando compartía ruta con tío Gaspar "el pielero",
aprovechaba su "bestia" (caballo) para portear los pantalones y
chaquetas que él repartía y traer las pieles de los animales a la
vuelta, ¡eso era todo un lujo!
Retomando
su actividad en la época de los 50, comenta que los primeros trabajos
que él empezó a realizar eran chaquetas de grill, una chaqueta echa del
forro (las blusas que utilizaba la gente mayor). En estos momentos tío
Martín hace un inciso en su relato al recordar una divertida anécdota de
tío cazuela: "él se llamaba tío Francisco (tío Kiko) y ella tía
Francisca (tía Kika), pero todo el mundo los conocía por el diminutivo o
por el apodo. Él era un hombre muy guasón y un día que su mujer le
dijo: Kiko te voy a hacer una blusa para un día, el marido contestó tan
gracioso: "mira Kika para un día no te molestes, porque para un día me
estoy en la cama".

La
llegada de la pana de primera calidad, empezaron a confeccionar
pantalones y chalecos de pana, el género era comprado a los
"charlatanes" que iban al pueblo a vender y que solían regalar un traje
por la compra que hacían, este sastre experimentado comenta entre risas
"no se lo debíamos haber cogido de la mala calidad que era, nos quitaba
la honra a los que trabajabamos en esto, fijaros si era malo que venía
deshilachado", pero también reconoce que como el refrán dice "a caballo
regalado no se le mira el diente".
La
pana buena era la sublime y la dora, que eran la de cordón fino, luego
vinieron de colores que eran sintética (hablamos de los años 70). "Con
la llegada del tergal de 1ª, habré hecho miles de pantalones". Que
compraba en Ávila o a los comerciantes del pueblo y que cogía los
catálogos y los iba llevando por los pueblos y se los enseñaba a los
clientes. Ya en aquella época también bajaba del puerto el pico para
abajo apoyándose en los viajes que hacía Domi para su reparto de las
pastas.
En aquella época cuando la ropa de los hijos se la podían poner los padres, resulta que los padres estrenaban más bien poco. Cuando
empezamos a coser, no había luz por lo que para poder entregar los
trabajos yo me pegaba horas y horas con una linterna en la boca para
poder, cortar, coser y, planchar. Los de Serranillos nos traían carbón
de brazo y primero mi madre luego la tuya a soplar la plancha
constantemente. Cuando llegó la luz (yo ya llevaba 30 años cosiendo sin
luz). Antes nos alumbrabamos con una vela, un candil de aceite o de
carburo para poder trabajar.
Había
días que incluso cosían durante 20 horas. "Había clientes en muchos
pueblos que me hacían los encargos cuando los muchachos ya no tenían
casi pantalones y te llamaban para el día de la fiesta".

Entonces
con él llegaron a trabajar cuatro o cinco personas (mi madre entre
otras, Isabel, Petri, Pili, Maruja, tía Dominica y tía Kika la de tío
Claudio). El transporte era siempre a la espalda, y el reparto se
realizaba siempre andando. En algunos casos si subía Gaspar, él me
llevaba los pantalones a la ida y a la vuelta volvían con las pieles.
Hicieron tan buen tanden que incluso compraron un "boto" para el camino.
Pero
también recuerda lo bien que se portaba la gente de los pueblos, y la
cantidad de veces que se paraban a comerse un cacho de pan. También
recuerda lo que le llevaba hacer el recorrido, cuando iba a Navadijos
solía llevarse la burra de su cuñao, de Hoyocasero a San Martín tardaba
dos horas, de San Martín a Hoyuelos otra hora más y otra a Navadijos y
volver a Hoyocasero otras tres horas más, total siete horas. Llevaba los
pantalones y volvía con la tela que algunos habían comprado para
hacérselo.
Cuando
él empezó la echura de un pantalón costaba 18 pesetas. De lo cual
pagaba 3,50 a las oficialas que tenía a su cargo, pero también había que
pagar el carbón, el carburo y el hilo claro....
En
aquella época él los encargos se los hacía a los comerciantes del
pueblo, siempre se ayudaron y él iba pagando la pieza poco a poco, de
esta manera todos podían vivir. Cuando más se solía trabajar era en las
fiestas, porque era cuando la gente podía estrenar.
Posteriormente también hizo los disfraces que había en el pueblo (Domi y Florentino vestidos de toreros)
Pero
tío Martín destaca por sus múltiples facetas, se le da bien las
manualidades y en la pared de su taller tiene colgadas todas las
manualidades que ha hecho, pero como el bien dice, en el pueblo cuando
había que ir a pinos se iba, o a esquilar, o al huerto y luego de postre
había que coser.
Gracias a tío Martín y tía Felisa por su tiempo y su disposición, además de aprender, hemos disfrutado de sus recuerdos, ¡hasta la próxima!.